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Historia

Phineas Gage y el surgimiento de la neuropsicología: del accidente a la comprensión del cerebro humano

Olivia M Bacchiega, Pablo Young

Revista Fronteras en Medicina 2025;(03): 0205-0213 | DOI: 10.31954/RFEM/202503/0205-0213


Los misterios de la mente y la conciencia son incógnitas por las que el ser humano se ha visto cautivado e intrigado desde los primeros atisbos de la vida y la civilización. Desde los albores de la historia, el cerebro ha sido objeto de observaciones anatómicas, las cuales le han otorgado un significado filosófico y abstracto: desde la visión cardiocéntrica aristotélica al dualismo cartesiano, aunque manteniendo en estos casos distancia con cualquier asociación al pensamiento empírico. No obstante, producto del avance en investigaciones y descubrimientos, el sistema nervioso central logró ser comprendido desde una perspectiva fisiológica, revelando así una dimensión de la medicina que no había sido explorada hasta entonces. En este amplio trayecto histórico, el caso de Phineas Gage –un joven trabajador que logró sobrevivir a una grave lesión cerebral en 1848– resultó un hito en la historia de la neurología, puesto que cambió revolucionariamente la forma de abordar el estudio del cerebro y con ello, el rumbo de la clínica neurológica. Su caso no solo fue capaz de desafiar los conocimientos médicos de la época, sino que también permitió establecer un nuevo paradigma: la relación directa entre el cerebro y la personalidad, abriendo paso a la neuropsicología moderna y al estudio localizado de las funciones cerebrales.


Palabras clave: Phineas Gage, neuroanatomía, corteza frontal, funciones cerebrales, personalidad, Historia de la Medicina.

The mysteries of the mind and consciousness have long fascinated humanity, from the earliest stages of life and civilization to the present day. Historically, the brain has been the focus of anatomical observations imbued with philosophical and abstract interpretations—from Aristotle’s cardiocentric theory to Cartesian dualism—yet largely detached from empirical inquiry. Advances in scientific research eventually enabled the central nervous system to be understood from a physiological perspective, unveiling a previously unexplored dimension of medicine. Within this historical framework, the 1848 case of Phineas Gage—a young railroad worker who survived a severe brain injury—emerged as a landmark in neurology. His survival and subsequent personality changes not only challenged prevailing medical knowledge but also established a new paradigm linking brain structures to personality. This pivotal event paved the way for modern neuropsychology and the localized study of brain functions, profoundly influencing the trajectory of neurological science.


Keywords: Phineas Gage, neuroanatomy, frontal cortex, brain functions, personality, History of Medicine.


Los autores declaran no poseer conflictos de intereses.

Fuente de información Hospital Británico de Buenos Aires. Para solicitudes de reimpresión a Revista Fronteras en Medicina hacer click aquí.

Recibido 2025-02-17 | Aceptado 2025-04-28 | Publicado 2025-12-31


Esta revista tiene libre acceso a descargar los artículos sin costo (Open Acces), además se encuentra indizada en Latindex y LILACS (BVS.org) y en proceso de incorporación en el núcleo básico de revistas del CONICET.

Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.

Figura 1. La barra de Phineas Gage.

Figura 2. Réplica del cráneo de Gage con técnicas de neuroimagen36.

Figura 3. Línea de tiempo de la descripción de la localización de funciones cerebrales.

Contexto histórico:
los orígenes de la neurología

La primera mención escrita del cerebro se remonta al papiro Edwin-Smith (1600 a. de C.), redactado por Imhotep, primer gran médico egipcio. En este documento histórico, por un lado, se comparaba la superficie cerebral y sus circunvoluciones con la forma de las estrías de la escoria del cobre derretido. Por otro lado, las pulsaciones que se percibían desde el cerebro expuesto se asimilaban con las pulsaciones percibidas desde la fontanela de un niño. Asimismo, en este papiro se alude por primera vez en la historia a las meninges, al líquido cefalorraquídeo, las lesiones motoras y sensoriales, y a la compresión de las vértebras cervicales sobre la médula espinal1.

Siglos después, Alcmeón de Crotona (500-450 a.C.), tras diseccionar cerebros animales, descubrió que todos los órganos sensoriales se comunicaban con distintas zonas del órgano a través de cordones nerviosos. De esta forma catalogó a este órgano como “centro de las sensaciones”. También describió los nervios ópticos como “caminos luminosos” que se originaban en el cerebro, aunque sostenía la existencia de un “fuego” dentro de la cámara óptica capaz de reflejar la luz y los objetos, concluyendo en la producción de la visión. Además, estableció la distinción psicológica entre el ser humano y el animal al postular que, a diferencia del resto de los seres vivos, el hombre poseía intelecto, es decir, la capacidad de pensar, en tanto los animales poseían únicamente percepción sensorial2.

Durante el período de medicina prehipocrática, la salud se explicaba mediante fenómenos naturales, mágicos y religiosos, y era practicada por hechiceros, videntes, sacerdotes y sanadores. Sin embargo, durante el transcurso de la medicina hipocrática, liderada por Hipócrates de Cos (460-377 a. C.), quien es considerado el padre de la medicina, no solo se sentaron las bases de la ética médica mediante la redacción del “Juramento Hipocrático”, sino que también se presentó la metodología clínica, basada en el examen físico del paciente. Hipócrates fue el primer médico en rechazar el origen mágico o religioso de la enfermedad y en adoptar un enfoque empírico. A su vez, resignificó la teoría de los humores descripta por Alcmeón —flema, sangre, bilis amarilla y bilis negra— con el fin de dar una explicación a la existencia de las emociones. Sugería que el exceso o defecto de alguno de ellos conllevaba el origen de la enfermedad. En el campo de la neurología, en su tratado más relevante –“Sobre la Enfermedad Sagrada”– que permitió una nueva comprensión de la epilepsia en detrimento de la anterior concepción (una enfermedad emitida por los dioses), Hipócrates le atribuyó un origen natural en el cerebro. A pesar de ello, declaraba que su causa era la acumulación de flema. En este tratado, también describió enfermedades como la apoplejía, hemiplejía y paraplejía3,4.

Años más tarde, Aristóteles (384-322 a. de C.) impuso la teoría cardiocéntrica al establecer en sus obras “Historia animalium” (Aristóteles, 350 a. de C.) y “De partibus animalium” (Aristóteles, 343 a. de C.) una visión fría y húmeda del cerebro. Él consideraba que el sistema encefálico no podía ser el asiento del alma dado que, al ser una masa de consistencia blanda, semilíquida y con estructura débil, difícilmente podía ser vista como la fuente de la razón y de la voluntad. El corazón, por el contrario, era apreciado como un órgano más lógico en el cual hallar el alma racional debido a su localización central y a su desarrollo embrionario temprano. Aristóteles argumentaba que, a través de las estructuras vasculares, esta víscera podía dirigir sentimientos, sensaciones y movimientos, mientras que el cerebro era percibido como un sistema de enfriamiento cuya función era templar la sangre proveniente del corazón4,5.

Posteriormente, Galeno de Pérgamo (129-210 d. de C.), conocido como “El Príncipe de los Médicos” sostenía que el organismo era liderado por tres órganos: el hígado –origen del pneuma físico (sangre venosa)–, el corazón –origen del pneuma vital (sangre arterial)– y el cerebro –centro del pneuma psíquico, distribuido a través del cuerpo por los nervios, causante del pensamiento y del aspecto relacional–. Entre muchos otros proyectos, se destaca su investigación en neuroanatomía, la descripción de los pares craneales y el origen de la voz humana. Sin embargo, Galeno realizó sus disecciones en cuerpos animales, no humanos, por lo que muchos de sus postulados son inexactos y fueron refutados con posterioridad. Por otro lado, su metodología encontraba su base en la deducción, por lo que tropezó con las conjeturas y suposiciones basadas únicamente en la observación de las cosas tal como son o aparentan ser4,6-9.

En el año 1543, Andrés Vesalio (1514-1564), un médico renacentista y profesor de la Universidad de Padua, publicó “De humani corporis fabrica” en 1543, organizado en siete libros. El último de ellos centró su atención en la relación existente entre el cerebro y los sentidos. Vesalio se dedicó a estudiar el cerebro a través de su disección en cadáveres humanos, hecho que le permitió realizar grandes descripciones anatómicas. Se ocupó de ilustrar la neuroanatomía, estableciendo una base visual precisa del sistema nervioso central. En línea con sus observaciones, refutó algunas ideas de Galeno, como la existencia del rete mirabile en humanos, el origen y distribución de los nervios y la anatomía de los ventrículos cerebrales7-9.

Por otro lado, René Descartes (1596-1650) instauró una mirada mecanicista del cuerpo humano. Su obra “De homine”, de 1662, es una de las primeras en discutir la interacción entre mente y cerebro. Allí distinguió la sustancia pensante o res cogitans (alma/mente) de la sustancia extensa o res extensa (cuerpo) y planteó que ambas tenían su encuentro a nivel de la glándula pineal. De este modo, logró desconectar la mente del cuerpo. Además, describió por primera vez el concepto de reflejo, detallando cómo ciertos estímulos conducían a respuestas rápidas e inconscientes4.9-11. El accidente de Gage marcó el punto de inflexión en el tránsito del dualismo cartesiano hacia una concepción materialista del pensamiento. La idea de que una lesión anatómica podía alterar el carácter y la moral socavó la noción de alma inmutable, sentando las bases del monismo neurobiológico contemporáneo.

Francis Bacon (1561-1626) escribió su obra “Novum Organum” en 1620, donde recuperó el método inductivo como base de la ciencia. Planteó que la experiencia resultaba el medio más adecuado para alcanzar la realidad y que los razonamientos bien construidos se componían de silogismos10.

No fue hasta el siglo XVII que se fundó la neurología como disciplina científica cuando Thomas Willis (1621-1675) junto a sus colegas realizó en Oxford la primera investigación moderna del sistema nervioso. Llamó a su proyecto en 1664 “Una doctrina de los nervios” y concluyó que el cerebro era el origen de todos los movimientos y concepciones. Los aportes de Willis dieron comienzo a una nueva era dentro de la medicina que sobrevive hasta la actualidad: la neurocéntrica, en la que el cerebro es considerado el núcleo, no solo del cuerpo sino de la concepción propia. A su vez, Willis fue el primero en proponer ciertas localizaciones relacionadas a las funciones cerebrales: por ejemplo, a su parecer, la memoria se habría encontrado en las circunvoluciones mientras que la imaginación en el cuerpo calloso11.

En torno al siglo XIX, surgió la frenología, pseudociencia que afirmaba que la forma del cráneo de un individuo determinaba su carácter y su personalidad. Esta teoría fue desarrollada por Franz Joseph Gall (1758-1828), el anatomista y fisiólogo alemán más reconocido de su tiempo. Para sustentar su teoría, estudió más de 300 cráneos junto a su socio Johann Caspar Spurzheim (1776-1832) y relacionó determinadas características intelectuales y espirituales a diferentes áreas del neocórtex a las cuales llamaron órganos. En uno de sus postulados, Gall sostuvo que el tamaño de un órgano determinaba la influencia que las facultades mentales ejercían sobre el carácter del individuo, es decir, su poder. De esta forma, argumentó que las diferencias individuales se reflejaban en el tamaño de las áreas corticales asociadas a ellas, las cuales eran innatas y fijas. A su vez, aseguró que la superficie del cráneo revelaba la mente, en otras palabras, permite descubrir la personalidad de una persona5,12.

De esta manera, a lo largo de los siglos, la conceptualización del sistema nervioso transitó desde contemplaciones mágicas, filosóficas y especulativas hacia una comprensión anatómica y fisiológica aumentando cada vez más precisa. No obstante, persistían aún interrogantes por resolver, aspectos esenciales de la conducta y la personalidad. Sería un accidente fortuito, en medio de la construcción de una vía ferroviaria, el que marcaría un punto de inflexión repentino en esta búsqueda: el caso de Phineas Gage.

El accidente

Phineas Gage (Figura 1), a sus 26 años, era un capataz que trabajaba junto a sus compañeros para construir una línea ferrocarrilera en Vermont, Estados Unidos. Su trabajo consistía en demoler rocas de granito mediante cargas explosivas, con el fin de nivelar la ruta donde se encontrarían los rieles. Este proceso, en ese entonces, era llevado a cabo mediante la formación de un hueco en la superficie de la roca, el cual se rellenaba con pólvora. Acto seguido, se insertaba una mecha y finalmente, previo a encenderla, se comprimía el contenido a través del uso de una gran barra de hierro5,13.

El 13 de septiembre de 1848, un accidente en el proceso de realización de esta técnica concluyó en una explosión en donde la pesada barra de metal, de aproximadamente 6 kg de peso y 108 cm de largo, aterrizó en la región cigomática izquierda de Phineas Gage, llevándose consigo la porción posterior de la órbita y parte del lóbulo frontal contralateral derecho. Finalmente emergió cerca del hueso mandibular5,13-15.

A pesar del gran impacto, Phineas no solo sobrevivió al daño, sino que nunca perdió la conciencia. A los pocos minutos fue capaz de llevar a cabo actividades como caminar y hablar. Al llegar a la ciudad de Cavendish fue atendido por un joven médico llamado John Martin Harlow, quien escuchó de forma atenta el relato de Gage, que aún tenía la barra atravesada. Las funciones neurológicas de la víctima –la memoria, los sentidos, el equilibrio, la capacidad lingüística– parecían no verse afectadas en absoluto, todo funcionaba dentro de los parámetros normales5,15,16.

El proceso de evolución de la herida atravesó muchos altos y bajos, que en más de una ocasión amenazaron con quitarle la vida a la víctima. No obstante, Gage, gracias a la buena condición de salud que portaba, pudo permanecer con vida. Dos semanas después del accidente, se infectó perdiendo la visión de su ojo izquierdo. A pesar de ello, durante la décima semana, Gage alcanzó una recuperación física completa, sin otras secuelas aparentes5,14.

No obstante, meses después del accidente, aquellas personas que habían llegado a conocerlo antes del percance comenzaron a notar cambios de actitud drásticos y comportamientos condenables socialmente. Gage –que siempre se había caracterizado por su fiabilidad, prudencia, honestidad y astucia–, ahora era percibido como alguien cruel, egoísta y caprichoso, irrespetuoso, agresivo e impulsivo. Carecía de discreción, se marchaba de las tiendas sin pagar los productos que tenía intención de llevarse y se mostraba desinhibido al hablar de determinados temas. La incomodidad era un sentimiento que abundaba entre la gente que frecuentaba su presencia, especialmente las mujeres. Tan violento se vivió su cambio de personalidad que no tardó en ser despedido de su trabajo, así como discriminado por sus compañeros y amigos5,14,15.

El 21 de mayo de 1861, casi trece años después del accidente, Phineas Gage falleció tras experimentar un episodio convulsivo. Al haber sido enterrado sin un examen post mortem, años más tarde, en 1867, Harlow, que siempre había presentado fascinación por el caso, no descansó hasta obtener el permiso de la familia para la exhumación del cadáver. Reportó el caso en Publications of the Massachussets Medical Society, bajo el título “Recovery from the passage of an iron bar through the head” en 186916. El artículo obtuvo reconocimiento en gran medida por detallar el cambio de personalidad fruto de la lesión del lóbulo frontal –al describir el accidente, sus circunstancias, tratamiento y proceso de recuperación–, así como la vida de Gage desde la catástrofe hasta su muerte. Posteriormente, Harlow donó el cráneo y la barra de hierro a la Universidad de Harvard, en Boston.

La evolución de las investigaciones

El caso de Phineas Gage fue revolucionario, no solo en el campo de la clínica neurológica sino también a nivel epistemológico. El método empírico empleado, así como la observación del cambio conductual posterior a las lesiones encefálicas, impusieron un novedoso modo de estudiar y comprender la mente humana desde la experiencia y la evidencia. Durante el transcurso de la época contemporánea, en el auge del siglo XIX, el empirismo —corriente filosófica que postula que el conocimiento se obtiene a través de la experiencia sensorial como fuente principal, en detrimento de la razón y especulación— permitió que las grandes mentes de la época comenzaran a abandonar las concepciones metafísicas que habían dominado la medicina hasta entonces, abriendo paso a la comprensión contemporánea del cerebro como fuente de la personalidad y la sabiduría17.

La corriente empírica posibilitó el crecimiento de las neurociencias a través de métodos que implicaban la intervención sobre los seres humanos, hecho que permitió alcanzar grandes metas, desarrollar nuevas conclusiones y realizar relevantes descubrimientos que posibilitaron el progreso de la neurología. Sin embargo, el desarrollo de estas técnicas se vio en la necesidad de incorporar una ética que fuera capaz de influir sobre estas prácticas en pos de mantener el respeto sobre la dignidad de aquellas personas partícipes. Esto es debido a que, a mayor grado de conocimiento adquirido, aumentan las probabilidades de que se produzcan perjuicios como resultado de las intervenciones efectuadas sobre el sujeto a estudiar. De esta forma surge la neuroética, un área de investigación centrada en el conocimiento sobre el cerebro y su utilización sobre el tratamiento, la manipulación y la mejora de la función cerebral18.

En variados artículos, el concepto de neuroética es aplicado a estudios neurocientíficos o investigaciones sobre el pensamiento, la cognición, las emociones, la conducta y las bases neurobiológicas en torno de la toma de decisiones, como las acciones morales. Esto conllevó una gran problemática: la adopción del mecanicismo como base del entendimiento de las funciones cerebrales y su influencia sobre la conducta. De este modo, resultó en la restricción del pensamiento sobre la acción humana, concebida únicamente como producto de interacciones electrofisiológicas que impulsaban un determinado accionar. Por lo tanto, resulta fundamental integrar el concepto técnico-científico con el ético y social, ya que los comportamientos humanos también se construyen mediante las relaciones interpersonales, su contexto y la cultura en la que se ven insertados18.

La observación empírica del cambio de personalidad de Phineas Gage tras el accidente introdujo la idea de que diferentes lóbulos y regiones encefálicas estaban en íntima conexión con funciones mentales específicas, lo cual fue desarrollado posteriormente por diferentes personajes a lo largo de la historia.

Aunque hoy es de conocimiento universal que la corteza cerebral está intrínsecamente relacionada con la actividad mental, durante el siglo XVII grandes influencias como Thomas Willis sostenían que el córtex era simplemente la cubierta protectora de las facultades mentales.

A fines del siglo XVIII, Franz Joseph Gall estableció la conexión entre las zonas corticales y la actividad mental19. Afirmaba que las distintas características capaces de poseer un hombre se encontraban localizadas en determinadas regiones del cerebro. Siguiendo la teoría de Gall, en el caso de Gage se habrían visto afectadas la zona de la benevolencia, situada entre los huesos parietal y frontal y la zona de la veneración, que se ubicaba justo detrás. La función de la primera era mantener al hombre dentro del margen que cubría la conducta socialmente aceptable, el sentido de la moral, la justicia y la conciencia. En cambio, la segunda estaba asociada al aspecto religioso, a la devoción y al respeto al prójimo. Gall llamaba a esta doctrina “Physiologie de cerveau20.

Con las nuevas propuestas de Gall se asomaron críticas tanto académicas como políticas y religiosas. En 1801 se publicó un decreto que atentó contra el derecho de Gall a las conferencias y a la edición de manuscritos, ejecutado por Francisco II, último emperador del Sacro Imperio Romano Germánico19.

En paralelo, Napoleón I reclutó a expertos de la Académie des Sciences con la intención de analizar las propuestas de Gall. Uno de los participantes, Marie-Jean-Pierre Flourens (1794-1867), con el propósito de investigar los postulados discutidos, realizó, de 1822 a 1824, una serie de resecciones quirúrgicas a distintas regiones encefálicas de animales, principalmente palomas21,22. Esta técnica le permitió apreciar la correlación existente entre las disecciones y los cambios de comportamientos o las pérdidas de funciones. Por ejemplo, mediante la ablación de la médula, logró localizar un motor ventral, y mediante la resección del cerebelo, la estabilidad y la coordinación motora. Sin embargo, en el cerebro, los resultados fueron diferentes. En este órgano advirtió que el corte completo de ambos hemisferios producía un daño difuso que variaba en gravedad dependiendo de la extensión, pero no de la localización de la lesión. Esto le permitió concluir que toda la corteza intervenía de forma uniforme y conjunta para llevar a cabo las funciones mentales superiores, a diferencia de Gall, que establecía la existencia de órganos independientes para cada facultad mental. El descubrimiento de Flourens fue ampliamente aceptado por la comunidad científica, volviéndose casi irrefutable hasta el siglo XIX21. Pese a las disparidades existentes entre Gall y Flourens, ambos concordaban en el importante papel del cerebro sobre las actividades mentales, dejando caer en el olvido el rol meramente protector que antes se le otorgaba a la corteza.

Para el estudio sensoriomotor de la corteza, era necesario desistir de la mirada individual que se había popularizado de cada área del cerebro y adoptar el valor unitivo de este órgano propuesto por Flourens. Alexander Bain (1818-1903) evidenció por primera vez la ubicación cortical de la función sensoriomotora. Bain marcó un evento definitorio en la psicología asociacionista, que hasta ese momento tenía su foco puesto únicamente en la experiencia, omitiendo el análisis de la sensación. Él tomó las ideas del asociacionismo y detalló cómo los procesos mentales y las acciones voluntarias tenían origen en la relación entre el sistema sensorial y las respuestas motoras23,24.

En 1855, a su vez, Herbert Spencer (1820-1903) publicó “The Principles of Psychology”, una obra que describía la psicología con base en el asociacionismo evolucionista, llegando incluso más lejos que Bain, quien solo había ofrecido el punto de vista del asociacionismo sensoriomotor25. En su contribución, Spencer destacó tres principios evolucionistas: adaptación, continuidad y desarrollo. Según su visión, la psicología era una ciencia capaz de ser moldeada por la adaptación particular de cada persona a diferentes situaciones o circunstancias, es decir, el continuo ajuste de las relaciones internas a las relaciones externas. Respecto al desarrollo, lo describía como el pasaje desde la homogeneidad a la heterogeneidad, un proceso desde la diferenciación y la complejidad. Por último, la continuidad según su postulado significaba que la vida y su entorno existían en todos los niveles de dificultad y eran recíprocos entre sí.

Spencer relacionaba la actividad mental con el aspecto físico de la vida, argumentando que la mente se desarrollaba de manera constante desde la vida física, mediante la coexistencia de diferentes niveles de complejidad. A partir del asociacionismo evolucionista, el cerebro constituye el sistema físico más evolucionado del cuerpo humano: heterogéneo, diferenciado y complejo. Dado que esta corriente considera que la actividad mental superior es el resultado final de un largo proceso de evolución continua del córtex que comienza desde los reflejos e instintos y continúa desarrollándose con el pasar del tiempo, no podría establecerse una distinción entre mente y cuerpo. Sería este un punto crítico que obligaría a abandonar la idea de que el cerebro se encuentra separado de la mente25.

En 1861, Paul Pierre Broca (1824-1880), mediante estudios post mortem realizados a un paciente con un trastorno que actualmente llamaríamos afasia, descubrió que éste tenía la capacidad de comprender aquello que se le comunicaba, pero no de responder verbalmente26,27. Años después otros estudios demostraron que la habilidad para hablar dependía del centro de la palabra en el cerebro y que el lenguaje se asentaba en el hemisferio izquierdo, en la zona conocida como el área de Broca. Esta es la primera evidencia aceptada por la comunidad científica que manifiesta la reciprocidad entre una determinada región de la corteza y una función cognitiva27.

Trece años después del descubrimiento de Broca, en 1874, Carl Wernicke descubrió que sus pacientes podían comunicarse de forma fluida a pesar de que no comprendían lo que se les decía ya que sus respuestas carecían de lógica28. La lesión en este caso se encontraba en la porción superior del lóbulo temporal izquierdo. Wernicke desarrolló la hipótesis de que esta área se encontraba en comunicación con el área de Broca a través de fibras nerviosas, formando un sistema que trabajaba en conjunto en el proceso de recepción, comprensión y respuesta a través del habla.

A partir de los métodos empíricos implementados en el estudio de quienes fueron sus pacientes, Paul Broca y Carl Wernicke fueron capaces de liderar una serie de experimentos que culminaron en el reconocimiento de la sistematización científica. Esto derivó en el vínculo entre el cerebro y su función. No obstante, estos descubrimientos fortalecieron el paradigma localizacionista, que sostenía que cada función mental se asentaba en una región encefálica determinada. En otras palabras, este modelo encasillaba la mente en secciones delimitadas por el componente anatómico, restringiendo el amplio y complejo elemento psíquico a un mapa concreto.

Durante el siglo XX, Alexander Luria (1902-1977), psicólogo soviético destacado por su distinguida contribución a la neuropsicología clínica, puso en marcha investigaciones que continuaron la línea de indagación inaugurada a raíz del caso de Phineas Gage29. Mientras que el accidente de Gage permitió establecer el rol del lóbulo frontal y su influencia específica sobre los comportamientos y conductas de una persona, Luria profundizó este vínculo y reformuló el legado de Broca y Wernicke al expresar una concepción integradora en la que sugería que cada zona particular del cerebro aportaba de manera significativa al sistema encefálico en su totalidad, de forma dinámica. Es decir, sostenía que las funciones mentales superiores estaban subordinadas a sistemas distribuidos en diferentes regiones corticales que, a su vez, se encontraban interconectadas entre sí para lograr un fin o una acción en común, rechazando así el enfoque localizacionista aceptado previamente30.

Según Luria, el sistema nervioso central estaba jerárquicamente estructurado en tres unidades principales que, mediante fenómenos coordinados de cooperación, permitían al cerebro realizar funciones superiores complejas tales como la atención, la escritura, la lectura, la comprensión, la memoria, la planificación, entre otras.

La primera unidad funcional era la encargada de regular el tono y la vigilia del cerebro, concediendo a la persona un estado de alerta y actividad para llevar a cabo diversas labores. Estaba en asociación con la formación reticular y la corteza frontal. A su vez, se relacionaba con el aspecto emocional, originado en el sistema límbico. La segunda unidad funcional se dedicaba a la recepción, procesamiento y almacenamiento de la información procedente del mundo externo e interno. Encontraba relación con la corteza posrolándica cerebral, en particular con los lóbulos parietal, occipital y temporal de ambos hemisferios. La tercera unidad funcional se desempeñaba en la programación, ejecución y verificación de la actividad mental y conductual consciente del individuo. Estaba en estrecha relación con los lóbulos frontales, prefrontales dorsolaterales, orbitales y mediales30.

Tiempo después, Gustav Theodor Fritsch (1838-1927) y Eduard Hitzing (1838-1907) publicaron, en el año 1870, una serie de trabajos acerca de la excitabilidad cerebral donde declaraban que la estimulación eléctrica de la corteza de algunos mamíferos tenía como resultado la contracción de grupos musculares contralaterales, así como que la ablación de estas áreas conducía a la debilidad extrema o a la pérdida transitoria de la función de estas extremidades31,32. Estos descubrimientos permitieron instaurar a la electrofisiología como la técnica de preferencia para la investigación de las ubicaciones corticales y del rol de los hemisferios cerebrales en la función motora.

David Ferrier (1843-1928), alumno de Alexander Bain e influenciado por los trabajos de Fritsch, generó por primera vez un mapa de la corteza cerebral33. Tras cartografiar las áreas sensitivas y motoras, localizó quince áreas diferentes relacionadas con el control fino del movimiento. Esto fue logrado mediante estimulación eléctrica y resección del tejido cortical. Los resultados fueron publicados en “The Functions of the Brain” en el año 1876. Para ejemplificar su trabajo, Ferrier aludió al caso de Phineas Gage, haciendo referencia específicamente a la escasa repercusión a nivel muscular de las lesiones por el accidente. Además, desplegó su famosa ponencia “The localisation of cerebral diseases” en 1878, donde expuso la relación entre las diferentes secciones corticales y sus funciones correspondientes, fundamentando con los resultados hallados a través de sus extensas investigaciones en animales y pacientes neurológicos5,33.

En 1959, Wilder Penfield logró demostrar el papel de las áreas específicas del cerebro mediante la producción de un gran mapa de la corteza motora, esta vez a través de la estimulación eléctrica y de la resección de los focos epilépticos34,35. Para evitar la parálisis o ceguera de sus pacientes, debía delimitar con exactitud el foco y controlar la extensión de las resecciones. Era logrado mediante anestesia local ya que se necesitaba que el paciente estuviese despierto durante el procedimiento. La exploración se lograba mediante la estimulación eléctrica consistente, causando determinados efectos clínicos según la zona. Por ejemplo, los estímulos de la zona occipital producían destellos luminosos, los del lóbulo temporal evocaban recuerdos, sonidos u olores, o bien si se estimulaba el área de Broca, mientras el paciente se encontraba hablando, éste abruptamente dejaba de hacerlo – lo que se conoce como un paro afásico–.

Posteriormente, el caso de Gage también despertó interés en la pareja de doctores Hanna y Antonio Damasio, en 199436. Mediante técnicas de fotografía buscaron reconstruir con precisión el daño cerebral causado e identificar las áreas exactas afectadas con el objetivo de entender el rotundo cambio de personalidad (Figura 2). De esta forma lograron determinar el curso de la barra a través del cráneo de forma virtual y tridimensional. Esto permitió visualizar de manera más exacta la extensión de la lesión: abarcó mayormente el hemisferio izquierdo, pero se limitó a la corteza prefrontal, con mayor impacto en la porción ventromedial de ambos hemisferios, que posee un gran rol en la toma de decisiones racionales, formulación de planes, seguimiento de reglas establecidas, entre otras cuestiones. Para mayor sustento científico, los Damasio compararon el caso de Gage con el de otras doce personas que habían transitado por situaciones o lesiones similares, llegando a los mismos resultados conductuales. Esto abrió paso a la capacidad predictiva del tipo de comportamientos que pueden llegar a adoptar aquellos que sufrieron esta clase de heridas localizadas36.

En 2004, Ratiu, a través de la tomografía computarizada, logró precisar los resultados a los que habían llegado los Damasio. Descubrió que, en realidad, la lesión no se había extendido al lóbulo derecho, sino que se había limitado al izquierdo incluyendo el córtex prefrontal ventromedial, a la par que no había afectado ninguno de los ventrículos cerebrales ni el seno sagital5.

Van Horn, en 2012, apoyó a Ratiu en su postulado, haciendo uso del cráneo digitalizado previamente y aplicando un análisis de conectividad cerebral mediante técnicas informáticas. De esta manera, en lugar de solo indagar sobre el impacto físico, su equipo realizó un análisis de las conexiones cerebrales afectadas por la lesión. Hizo una estimación del porcentaje del tejido cerebral perdido: 11% de materia blanca y 4% de materia gris37.

El accidente de Phineas Gage resulta un hito en la historia de las neurociencias puesto que dio lugar a una comprensión integral del sistema nervioso central, aún vigente en la actualidad (Figura 3). Su caso introdujo nuevos conceptos que desafiaron los conocimientos de la época, los cuales se fueron reinventando y evolucionando debido a las nuevas técnicas e investigaciones desarrolladas. La funcionalidad de su cerebro luego del accidente permitió, además, introducir el concepto de neuroplasticidad.

A modo de cierre

El caso de Phineas Gage puede considerarse el punto de partida de la neuropsicología clínica moderna, al establecer la conexión entre lesiones cerebrales localizadas y alteraciones del comportamiento. En la actualidad, las secuelas conductuales que presentó Gage —impulsividad, desinhibición, pérdida del juicio moral y dificultades en la planificación— se interpretan como manifestaciones clásicas de un síndrome disejecutivo secundario a daño del córtex prefrontal ventromedial. Esta región se asocia a la regulación de la conducta social, el control de los impulsos, la toma de decisiones racionales y la capacidad de anticipar consecuencias.

La descripción retrospectiva del caso permite además trazar paralelismos con cuadros contemporáneos como la demencia frontotemporal, los trastornos orbitofrontales postraumáticos y ciertas formas de psicopatía adquirida, en los que la estructura cognitiva permanece preservada, pero la regulación emocional y moral se ve gravemente comprometida. Este tipo de pacientes conserva el lenguaje, la memoria y la orientación, pero manifiesta comportamientos inapropiados, apatía o agresividad, reflejando una desconexión entre conocimiento y acción moral.

Desde la neuropsicología actual, el interés por Gage radica no solo en el impacto funcional de la lesión, sino en su valor para comprender el modelo integrador del cerebro: la idea de que las funciones ejecutivas dependen de redes distribuidas que articulan corteza prefrontal, sistema límbico y estructuras subcorticales. El caso demuestra que la personalidad no es un concepto abstracto, sino el resultado emergente de la interacción entre circuitos neuronales, emociones y contexto social.

Por otro lado, el caso de Phineas Gage trascendió las fronteras de la ciencia y se transformó en un fenómeno cultural. Su historia ha sido narrada en libros, documentales, museos y obras de arte como un símbolo de la fragilidad y, a la vez, de la resiliencia del ser humano frente a la adversidad. El Museo de Medicina Warren de la Universidad de Harvard conserva su cráneo y la barra de hierro, convertidos en objetos icónicos que materializan el vínculo entre cuerpo, mente y ciencia.

En la cultura popular, Gage representa la pregunta filosófica sobre la identidad personal: ¿seguía siendo la misma persona después del accidente? Este interrogante, que inicialmente preocupó a médicos y filósofos del siglo XIX, se mantiene vigente en los debates contemporáneos sobre neuroética y libre albedrío. Su caso inspiró múltiples reflexiones literarias y cinematográficas en torno a la relación entre el cerebro, la moralidad y la conciencia.

Asimismo, su historia ilustra cómo el sufrimiento individual puede transformarse en conocimiento colectivo. El interés social que generó contribuyó a visibilizar la importancia de la rehabilitación neurológica y del acompañamiento psicológico en los pacientes con lesiones cerebrales, aspectos que en su época eran inexistentes. Phineas Gage, sin proponérselo, se convirtió en un símbolo de la unión entre ciencia, humanidad y transformación.

El legado de Phineas Gage trasciende el campo de la neurología y se inscribe en una dimensión epistemológica y ética más amplia. Su caso impulsó el abandono del dualismo mente-cuerpo y favoreció la consolidación del monismo neurobiológico, que reconoce al cerebro como sustrato material del pensamiento, la emoción y la conducta. La evidencia de que una lesión anatómica podía modificar la personalidad cuestionó de raíz las nociones tradicionales de alma, voluntad o moralidad independientes del cuerpo físico.

Sin embargo, los avances posteriores evidenciaron que la función cerebral no puede entenderse exclusivamente desde la localización anatómica. Los aportes de Luria, Penfield y los Damasio revalorizaron la idea de redes funcionales dinámicas y de neuroplasticidad, mostrando que el cerebro es un sistema en permanente reorganización38. Así, el caso Gage no solo sirvió para establecer las bases del localizacionismo, sino también para superarlo, al mostrar los límites de toda explicación puramente anatómica.

Desde una perspectiva ética, el estudio de Gage inauguró un debate que continúa vigente: el equilibrio entre la curiosidad científica y el respeto por la dignidad del individuo. La posterior aparición de la neuroética como disciplina integradora demuestra que la comprensión del cerebro requiere no solo precisión técnica, sino también reflexión moral sobre las implicancias del conocimiento.

En definitiva, el caso Phineas Gage representa mucho más que un accidente médico excepcional: constituye el punto de partida de una nueva forma de pensar al ser humano, donde biología, conducta y moralidad convergen en un mismo territorio —el cerebro—, revelando que comprender su funcionamiento es, al mismo tiempo, comprender la esencia misma de la persona.

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Autores

Olivia M Bacchiega
Alumno de Medicina de la Pontificia Universidad Católica Argentina.
Pablo Young
Profesor Titular de Historia de la Medicina de la Pontificia Universidad Católica Argentina.

Autor correspondencia

Pablo Young
Profesor Titular de Historia de la Medicina de la Pontificia Universidad Católica Argentina.

Correo electrónico: pabloyoung2003@yahoo.com.ar

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Revista Fronteras en Medicina, Volumen Año 2025 Num 03

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Auspicios

Revista Fronteras en Medicina
Número 03 | Volumen 20 | Año 2025

Titulo
Phineas Gage y el surgimiento de la neuropsicología: del accidente a la comprensión del cerebro humano

Autores
Olivia M Bacchiega, Pablo Young

Publicación
Revista Fronteras en Medicina

Editor
Hospital Británico de Buenos Aires

Fecha de publicación
2025-12-31

Registro de propiedad intelectual
© Hospital Británico de Buenos Aires

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